Para nacer he nacido

Jun 27, 2018 | Espacios nacientes

Pablo Neruda, en su poema “Para Nacer He Nacido”, nos recuerda que recorrer el camino de la vida es un proceso continuo de nacimientos y por lo tanto de muertes.
Los caminos de transformación, por mas diversos que sean, nos invitan a realizar cambios en nuestros hábitos de pensar, sentir o actuar que metafóricamente podemos describir cómo procesos de muerte y renacimiento. Nos comprometen a dejar morir lo que ya no nos sirve y a nacer a lo que nos significa un potencial vital. En esencia se articulan en torno a la capacidad de vivir el nacer y el morir con conciencia y a recibir esas dos caras de la vida con los ojos abiertos.

En nuestro contexto cultural, más específicamente en nuestro mundo médico occidental, la capacidad de escuchar y acompañar al que nace y al que muere es limitada. Por lo general la conciencia personal y social se encuentra encogida y prevalece a menudo una actitud tristemente patética teñida de insensibilidad, miedo y violencia, en relación a esas dos vivencias. Nos hemos olvidado que son ritos de pasajes, son momentos sagrados que nos compenetran con la vida y su misterio.

La información tóxica, en gran parte inconsciente, almacenada durante la primera transición, el primer gran cambio que es el parto, puede activarse nuevamente en los procesos terapéuticos personales y en los momentos difíciles como pueden ser una separación significativa, un exilio, una muerte de un ser querido. Tienden a reactivarse esas memorias primarias también durante los procesos de cambio y transformación social.

Si nuestra conciencia individual o colectiva está velada, o simplemente se identifica con los parámetros “normales” de nuestra cultura enferma, entonces los procesos de crecimiento, de educación, de transformación personal o colectiva corren el riesgo de despertar el miedo y la violencia guardados.

En mis años de ejercer como terapeuta he tenido presente esta problemática de la violencia tanto en mi proceso personal cómo en la propuesta de cambio que ofrezco a mis pacientes. He trabajado por más de 30 años en torno a una reflexión y una práctica que vincula el cambio con la metáfora del parto, ofreciendo un modelo que se articula en la gentileza y la confianza.

Recordemos que partera en francés se dice «Sage Femme», es decir «Mujer Sabia» y será esa sabiduría la que nos permitirá honrar las palabras de Pablo Neruda «Para Nacer He Nacido.»

Al iniciar mi oficio, probablemente por temor a enfrentar el tema de la muerte, me dediqué solamente a explorar la realidad del nacimiento. Hoy en día, ciertamente más cercano a la muerte, puedo encarar que nacer y morir son dos caras de una sola y misma experiencia y que el bien vivir está estrechamente conectado con un continuo bien nacer y bien morir. De ahí mi afán de abordar las experiencias de muerte y nacimiento para crear una cultura que honra esos procesos vitales.

Mi trabajo de nacimiento está vinculado con cuatro momentos vitales perinatales: la concepción, la gestación, el parto y el recibimiento. Momentos que podemos relacionar de manera analógica con los de un proceso de transformación, sea educativo, terapéutico o social.

La concepción:
nos conecta con el espacio, socialmente velado, de nuestra sexualidad y nos refleja la riqueza y la miseria de nuestra capacidad de desear, “pro-crear” o simplemente crear. En este mismo sentido el proceso terapéutico nos invita, abrazando de forma amistosa nuestro pasado doloroso, a vivir nuestro presente y a crear nuestro futuro. Es un acto amoroso de concepción que desde lo gozoso y lo lúdico participa de la danza de la vida.

La gestación:
nos remite a un espacio de disponibilidad y asombro frente a lo que nos rebasa. Nos invita a hacernos a un lado frente al misterio, frente a la vida misma. En este sentido la gestación es arte de ser receptivo frente a las fuerzas vitales. Es habilidad de esperar sin desesperar. El proceso de crecimiento, de la misma manera, nos invita a participar con confianza del regalo de lo desconocido, a relacionarnos de manera amistosa con el tiempo, y ser testigos asombrados de vida misma.

El parto:
En el parto la intensidad nos atraviesa. Una ola vital nos puja y nos empuja a extender nuestros límites. Si nos resistimos, esta fuerza nos atropella, nos lastima. Cabalgar esta fuerza es, al contrario, fuente de vitalidad, alegría y gozo. Cambiar es también reconocer la naturaleza de nuestras creencias, de nuestras resistencias y es aprender a pulirlas: los procesos de crecimiento nos ayudan a atravesar las resistencias frente a la intensidad y al dolor; no resistirnos es aprender a seguir con entrega las corrientes de vida.

El recibimiento o vinculación:
Con el corte prematuro del cordón umbilical, con la separación violenta del bebe de la madre, con la ausencia del padre y tantos otros elementos culturalmente aceptados nos alejamos de los procesos de autorregulación del organismo y entramos en caminos innecesarios de mal trato, abandono y muerte que nos dejan heridas profundas. La experiencia es de ser “malvenidos” a este mundo. Esta primera experiencia de cambio, de transición entre el espacio acuático y el espacio externo está entonces vinculada con angustia y abandono. Un proceso de transformación es reparador en la medida que aprendamos a honrar la experiencia naciente, recibiéndola con el corazón abierto. En otras palabras nos invita a cultivar la cercanía a si mismo y la apertura al otro. Es el arte de dar la bienvenida a lo que la vida nos brinda de experiencia y también de cultivar, de manera continua, los vínculos que permiten nutrir una semilla nueva para que pueda florecer.

Vale la pena mencionar otro elemento analógico entre el embarazo y el proceso de cambio. Nos referimos a los estados alterados de conciencia que permean ambas experiencias.

Una mujer embarazada vive en lo fisiológico, lo emocional y lo mental un estado de profundos cambios. Sus energías y su conciencia se lanzan más allá de los registros cotidianos conocidos; son portadores de vitalidad. El embarazo se da, en esencia, en un marco de conciencia alterada con un enorme potencial de transformación. La conciencia naciente es contagiosa; alcanza a “tocar” al padre y a los demás miembros de la familia también promoviendo un cambio. La conciencia nueva también es una amenaza para el equilibrio neurótico personal de la futura mamá y de su entorno familiar. A menudo despierta fuertes resistencias. Así que un proceso natural portador de cambio se torna desgraciadamente en algo “embarazo” y del cual hay que aliviarse.
¡Lo vital se vuelve amenaza, lo vital se vuelve enfermedad!

El espacio terapéutico promueve igualmente una nueva conciencia que permite, en un proceso transformador, armonizar los vínculos entre los protagonistas principales de nuestra triada interior: la madre, el padre y el hij@.
Solamente desde una conciencia expandida podemos reconocer las informaciones e experiencias toxicas que contaminan nuestra triada primaria y podemos emprender el camino de concebir, gestar y dar a luz a una nueva trinidad interna amorosa.

El terapeuta y el educador nos facilitan el recorrer los territorios de sombra y los espacios de luz, con conciencia plena, y se encuentran así investidos del papel de partero. Pronto será importante en nuestro crecimiento asumir ese mismo papel y así despertar a la “partero interno” quien con confianza y gentileza nos alumbrará en los procesos de cambio y transición.

Esa instancia interna tiene a una doble vocación:

  • En lo regresivo sanar la información del nacimiento biológico.
  • En lo progresivo invitarnos a vivir sin violencia y sin miedo los continuos nacimientos y muertes que la vida nos ofrece.
  • Fuente de las imágenes: Manuel Cuesta

 

Una propuesta terapéutica
inspirada en la metáfora del nacimiento